Catedral de Munich

Las agujas gemelas y abovedadas en forma de cebolla de la Catedral de Munich (Frauenkirche) del gótico tardío se han convertido en uno de los símbolos de la ciudad. La amplia catedral fue diseñada por Jörg von Halspach y construida entre 1468 y 1488, mientras que las torres se terminaron en 1524. En 1772 Ignaz Günter volvió a diseñar la entrada principal y los cuatro portales laterales.
Las cúpulas verdes, de estilo renacentista, se añadieron en 1525. En teoría se colocaron de forma temporal para cubrir las torres hasta que se construyeran las costosas agujas, pero la gente se encariñó con las cúpulas, que siguen siendo un elemento muy reconocible de la ciudad de Múnich.

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Sus tesoros incluyen vidrieras pintadas de los siglo XV y XVI y en particular una de 1493 en el coro de Peter Hemmel von Andlau de Estraburgo. En el coro hay bustos de profetas y santos brillantemente esculpidos por Ernst Grasser y sus discípulos en 1502. Otras obras maestras son las estatuas de bronce de los duques de Albrecht V y Wilhelm IV esculpidas por Dionnys Frey en 1619. En el ala sur estála magnífica tumba del emperador Luis el Bávaro (no terminada hasta 1622, aunque el murió en 1347).
A pesar de su fachada austera, la Frauenkirche es grandiosa. El interior de la iglesia es sorprendentemente amplio. El espacio está dividido por columnas octogonales, por lo que la nave central y las dos naves laterales parecen mucho más pequeñas. Pero dedica un rato a recorrerla y te harás una idea de la magnitud de este edificio, que puede albergar hasta 4000 personas. Para contemplar la bonita panorámica de los tejados rojos de Múnich y divisar hasta los Alpes, sube a la torre sur de la iglesia de Nuestra Señora. Las normas que regulan la construcción en Múnich garantizan que no haya ninguna vista comparable a la que se ofrece desde esta torre.

La huella del diablo

Una famosa fábula cuenta que el arquitecto de la catedral hizo un pacto con el diablo, quien le proporcionó fondos bajo la condición de que el edifio no tuviese ventanas visibles. Al completar su obra, el arquitecto llevó al diablo a un punto desde donde no se podían ver ventanales. El diablo colérico dió una patada en el suelo y se marchó dejando la huell que se contempla hoy.

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