Totonacas y huastecas

Sobre el golfo de México, al norte de Veracruz, los totonacas concibieron una pirámide distinta, erigida en el Tajín de veinticinco metros de altura y de siete cuerpos horizontales, cad auno de los cuales contiene 52 nichos, o sea; un total de 364 nichos, los dias del año. A la cima de ésta pirámide se llegaba por una escalera empinada a cuyos lados aparecen aún los símbolos del rayo o del señor de la lluvia.
Tajín significa trueno y también, según parece, humo; se supone que esos nichos contenían brasas encendidas, y el humo transportaba “los ruegos” de la tribu al cielo. ¡Imagínense el efecto que los nichos humeantes producirían al atardecer con sus luces y sombras sobre el alma imaginativa del indígena!.
Los totonacas recibieron influencia maya, pero El Tajín es un ejemplo único en la historia de la arquitectura centroamericana. Tenía indiscutiblemente el templo mayor de los totonacas un sentido religioso, astronómico y artístico. Las cabezas de Quetzalcóatl y Tláloc eran 364 en Teotihuacán, alternándose en la pirámide del primero y 364 los escalones de la pirámide del Sol.

Pirámide de los nichos.

El Castillo de Chichén Itzá consta de nueve plataformas y de una escalera cuya verticalidad rompen aquéllas al modo tolteca, y esa división contenía el número dieciocho, los meses del año. Todo tendía a los simbólico y trascendente en el arte precolombino. Y en esa dirección se orientan las esculturas semejantes a “palmas”, por el recuerdo que esas composiciones traen de dicha planta tropical; los yugos, protectores del muerto, con figuras de animales vinculadas a las deidades de la noche y de la muerte, y las hachas ceremoniales, que servían al dios para “cortar las nubes de la lluvia”. En el grave ritual totonaca, las cabezas rientes son una conquista en el plano de la plástica: rescatan la sonrisa, la delicadeza, la gracia, en ese mundo de dioses impasibles y tiránicos. Esas misteriosas cabecitas totonacas dicen de una alegría de vivir y deben ser asociadas a las figuras de los niños que se mecen en hamacas, creaciones de su expresión cerámica.

El Tajín, la capital de los totonacas.

Huastecos
Al norte de El Tajín, a la orilla del río Pánuco, tuvo su desarrollo otra cultura; la huasteca. No se destacó en la arquitectura; su forma sobresaliente fue la escultura. Basta recordar la estatua El Adolescente del Museo Nacional de México, una simbolización de Quetzalcóatl en su carácter de lucero vespertino, el cual desciende a la morada de los muertos llevándose a la espalda al hijo del Sol, el sol que se pone. Es una estatua de 1.45 m de alto, y contrariamente a las demás culturas en que los personajes son transfiguraciones de animales o símbolos, aquí se trata de un desnudo, caso excepcional en una cultura superior, en cuyo cuerpo están dibujados o grabados signos mágico religiosos, ya que el Adolescente huasteca es la encarnación de un mito.


Los signos grabados señalan cinco círculos, o sea: los cinco mundos de la teogonía antigua mexicana y los granos de maíz son un alusión a Quetzalcóatl que llevó dichos granos a los hombres. (Según el Popol Vuh, los mayas fueron hechos e pasta de maíz; ya sabemos la transcendencia que asume esta planta en Centroamérica). La escultura de referencia está concebida con la fuerza abstracta expresiva de una forma rica en elementos reales y significantes, lo mismo que otras estatuas de dioses y diosas. Los huastecas sobresalieron no menos en la cerámica y en la estilización de pectorales y orejeras hechos de conchas marinas, en cuyo labrado fueron los primeros por su sensibilidad exquisita.


Cabe aclarar que en el antiguo México, sólo los ancianos y los guerreros podían beber pulque. No así entre los huastecas, quienes bebían mucho a semejanza de Cuextecatl, el “abuelo” huasteca, príncipe que al propasarse con la bebida durante un banquete se quitó los maxtles (la ropa) delante de la tribu. Esta costumbre fue practicada por este pueblo, que celebraba el culto fálico y se vanagloriaba de su fuerte sexualidad.

 

 

 

 

 

Bibliografía: El Arte Precolombino. Autor: Romualdo Brughetti. Editorial Columba. Buenos Aires, 1963.

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