El Alcázar de Sevilla

Quizás de todas las residencias reales de España sea el Alcázar de Sevilla la que por su antigüedad y distintas fechas arquitectónicas ofrece un interés más destacado, no ya en arqueólogos e historiadores, sino por su belleza, a los visitantes de toda índole que pisan sus umbrales y recorren sus estancias y jardines.
El Alcázar sevillano va unido a la bella y magnífica historia de la ciudad. La fundación romana de Julio César dotó de magnificencias aquella urbe. Durante la dominación islámica, si bien Córdoba era la capital del Califato, es Sevilla la ciudad que geográficamente había que salvaguardar la hegemonía de aquel imperio, ya que el Guadalquivir, navegable hasta Triana y la organización defensiva sobre los enclaves montañosos del Aljarafe presentaban a aquella urbe una situación de privilegio que al desaparecer el poderío cordobés, la han de erigir en digna sede de la cultura y poderío político musulmán en los siglos postreros de la dominación. En las distintas épocas arquitecturales el Alcázar sevillano se acusan muy notablemente estas vigencias políticas y militares de tan reomotas fechas.
Tres grandes núcleos constructivos forman la totalidad de los Reales Alcázares sevillanos.Primeramente, aquellos restos de construcciones musulmanas anteriores a la conquista española: el palacio del Rey Don Pedro I, conservado en su integridad arquitectónica del siglo XIV, y obras posteriores a este Palacio, verificadas en el transcurso de varios siglos y movidas en su realización por las lógicas variantes que los tiempos y las necesidades impusieron en el viejo edificio.
Quedan pocos restos del tiempo de los reyes árabes: una muralla almohade que encontramos entrando y el llamado Patio del Yeso, al que inmediatamente se accede. Enseguida pasamos a la parte mudéjar del Alcázar, espléndida. Pedro I trajo alarifes granadinos, en los que la influencia sevillana se deja sentir en cierto modo. Nos sumergimos en el color, naufragamos en los oros, azules, rojos y verdes, en el vértigo de los arabescos del estuco y el esmalte, que nos hacen olvidar lo arquitectónico por momentos. Hay mucho que ver y algo que no ver tocante a las desafortunadas restauraciones isabelinas de 1854.
La fachada principal, por el Patio de la Montería es muestra eminente del mudejarismo en España, el canon mudejárico, quizá. Por un pasillo acodado damos con el Patio de las Doncellas, amplio, de luminosidad resplandeciente, arcos lobulados, columnas pareadas y labores en yeso o atauriques.
El salón Felipe II, la Sala de los reyes Católicos, el Patio de las Muñecas, centro de la vida privada del palacio; el Salón del príncipe y el de Carlos V, con el mayor artesonado del Alcázar, y el Dormitorio de los Reyes Moros. La más importante pieza de esta planta es el Salón de Embajadores, bellísimo, cerrado por cúpula de media naranja de alfarje de lacerías o mocárabes (qeu es un techo con maderas labradas en forma de lazos), puertas taraceadas del siglo CIV y zócalo de mosaico riquísimo de azulejos. Las tribunas abalconadas tienen balustres y soportes magníficos de hierro forjado del siglo XVI.
De menor calidad artística es la planta principal. Espléndidos tapices y pinturas clásicas y románticas adornan galerías y estancias. Es de admirar el Oratorio de Isabel La Católica, ojival florido, y retablo de azulejos representando “La Visitación”, de 1504 del famoso ceramista Niculoso Pisano.

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