La arquitectura como arte

Considerar la arquitectura como arte nos conduce a plantearnos la esencia del arte, una pregunta difícil que tantos hombres se han hecho sin encontrar respuesta.
Arte: concepto amplio, huidizo a las definiciones, de finalidad siempre ambigua, de carácter fascinante. Quizá sería posible definir el arte precisamente a partir de ese carácter intangible, arte como aquello que sobrepasa y excede la mera necesidad. La arquitectura será entonces considerada arte en la medida en que no se limita a satisfacer la necesidad de cobijo para las actividades del hombre. La arquitectura cumple y sobrepasa esta necesidad, haciendo del entorno humano una infinita fuente de placer, llena de belleza, cuajada de símbolos y referencias que apelan al alma humana.

Catedral de Barcelona.

Tanto el ideal arquitectónico, su significado y su valor estético, como el concepto mismo de arte han variado en el transcurso de la historia de la cultura. Sin embargo, es constante el deseo de plantear a través de la arquitectura un reto a la inteligencia de los hombres. Es preciso imaginar las difíciles condiciones de vida del siglo XIII para maravillarse de la aparición de las grandes catedrales, cuya altura no obedece a ningún requisito funcional sino a la necesidad espiritual de ofrecer al cielo la más difícil batalla contra la ley de gravedad; algo de utopía y de quimera, tiene siempre la arquitectura. Incluso en épocas más mesuradas y realistas encontramos ese reto a la inteligencia, esa forma de sobrepasar la pura necesidad para iniciar el juego artístico. Siempre que nos encontremos frente a una obra de arquitectura y nos preguntemos en qué medida cumple la finalidad que le fue asignada y en qué medida sobrepasa esa finalidad, comprenderemos que, en el fondo, la obra está dedicada a un fin distinto, menos concreto y que pertenece al dominio del arte. Miguel Ángel tardó mucho tiempo, dudó infinitas veces en proyectar definitivamente la escalera de la Biblioteca Laurenciana de Florencia. No era más que una simple escalera que salvaba un desnivel de pocos metros, pero Miguel Ángel quería hacer de ese grupo de peldaños una verdadera escultura y por eso su trabajo se hizo tan difícil. Quizá la idea de arte que tenía su siglo, el siglo XVI, era distinta a a nuestra, pero, en todo caso, aquello que perseguía Miguel Ángel es lo mismo que persiguen tantos arquitectos modernos: algo que vive en el reino de las obras de arte.

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