Sinagoga de Santa María la Blanca

La Sinagoga de Santa Maria la Blanca en su aspecto arquitectónico es completamente distinta de la Sinagoga del Tránsito parece el gran salón de un lujoso palacio. La de Santa María tiene más apariencia a mezquita. Hasta en su construcción parece más infantil, más modesta, más sencilla que la otra, como si a ésta viniesen a orar los judíos del pueblo y a aquella los de buen poder económico.

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Sin embargo, Santa María la Blanca de Toledo es también una joya edilicia.
Las columnas octogonales, sirviendo como de búcaro a bellísimos capiteles en cuya composición resaltan las piñas orientales son realmente una preciosidad. Asimismo son bellísimos y de gran pureza los arcos de herradura que sostienen aquellas columnas, cada dos.

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Si nos fijamos un poco veremos que todos los capiteles son igualmente bellos, pero distintos.
Nos agradarán mucho también esos medallones cuyo interior parece un verdadero encaje hecho por bellísimas manos femeninas con suprema delicadeza, con núbil amor.
La Sinagoga de Santa María la Blanca consta de cinco naves. Todas blancas, muy blancas como si no quisieran contradecir su nombre.
Es más antigua que la del Tránsito, quizás se construyera un siglo antes que aquélla, tal vez dos, no puede precisarse.
Lo cierto es que es muy bella y que estuvo dedicada al culto hebreo hasta que aquel domingo de Mayo de 1405, un siglo antes de que empezara a construirse el Hospital de la Santa Cruz, en que los arrojara de ella San Vicente Ferrer al frente de las multitudes exaltadas del barrio de Santiago del Arrabal.
Más tarde, fue lugar de recogimiento para mujeres extraviadas. A ese objeto se dedicó en 1550 (en tiempos del Cardenal Siliceo) el mismo año en que se restauró por orden de Carlos V, la Puerta Nueva de Bisagra.
Después e dedicó en calidad de ermita, a la advocación de Santa María, llamada por el pueblo la Blanca.

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